3 árboles en la vida de Abraham

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Hace un tiempo notamos tres ocasiones en que Saúl estaba debajo de un árbol como una advertencia de un hombre que, tristemente, terminó mal su carrera. En la vida de Abraham también podemos notar tres ocasiones relacionadas con un árbol, pero con un contraste muy marcado con respecto a Saúl.

Disfrute de la Comunión

“Le apareció Jehová en el encinar de Mamre, estando él sentado a la puerta de su tienda en el calor del día” (Génesis 18:1). El encino era un árbol frondoso, ideal para tomar un descanso del intenso sol. Fue en esta ocasión que Abraham recibió a aquellos tres visitantes, dos de ellos eran ángeles y el tercero era el Señor mismo. Allí disfrutaron de comunión, compartiendo una comida y, después que los dos ángeles se fueron, Abraham tuvo una conversación con Dios.

La intensidad de las actividades del día puede robarnos de tiempo precioso en comunión con nuestro Señor. ¡Cuán agradable es apartar tiempo para sentarnos a Su sombra, compartir con Él y escuchar su voz! Lo necesitamos. Hay que detenerse, tomar un descanso del vaivén del mundo para dedicar tiempo a solas con Él.

Devoción en Adoración

“Y plantó Abraham un árbol tamarisco en Beerseba, e invocó allí el nombre de Jehová Dios eterno” (Génesis 21:33). Abraham tiene muchas razones para dar gracias. Sin embargo, la adoración de Abraham está dirigida a Jehová Dios eterno. Abraham adora a Dios porque Él es Dios. Por su señorío, su majestad, grandeza y eternidad. Dios es digno de adoración. ¡Adorémosle!

Despertar de la Resurrección

“Y quedó... la heredad con la cueva que estaba en ella, y todos los árboles... como propiedad de Abraham” (Génesis 23:17). Abraham era un hombre rico, pero nunca tuvo una propiedad de tierra a su nombre, excepto una: la cueva de Macpela. Esta cueva de sepulcro quedaba en medio de un huerto de árboles. El verdor de los árboles alrededor de aquella tumba es una figura de la resurrección.

Abraham siempre habitó en tiendas, manifestando su carácter de peregrino en la tierra. Hebreos nos dice que él “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10). Sus ambiciones, intereses y mirada no estaban puestas en las cosas de este mundo sino en lo celestial y eternal. ¡Que vivamos como Abraham, con nuestra mirada en los cielos y en nuestra reunión con nuestro Salvador!

Miguel Mosquera

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