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Jefté

A medida que nos adentramos en la historia de los jueces nos vamos dando cuenta de que la decadencia espiritual de la nación de Israel se hace cada vez más profunda. En cada ciclo la idolatría es peor, se hunden más y más en la perversión y el pecado. El pecado es engañoso, haciéndose pasar por algo atractivo para que el ser humano muerda el anzuelo, volviéndose presa del adversario.

Los apetitos de la carne nunca son satisfechos y por eso siempre piden más. Así es la tentación y todo aquel que se deja llevar por ella. Una primera vez cae, pensando ‘es solo esta vez’, luego viene la siguiente tentación y se da cuenta que lo mismo no le satisface así que tiene que ir más hondo para poder llenarse y así sucesivamente hasta llevar a la persona a una profundidad de maldad de la cual no puede salir.

La idolatría de Israel en los tiempos de Jefté

Hubo una entrega total a la idolatría. Siete dioses falsos son mencionados:

  • Baales: el término Baal quiere decir “señor” y es el dios supremo de los cananeos. Baal vino a ser un tropiezo para el pueblo de Israel desde que cayó en la idolatría en Baal-peor (Números 25). En esa historia se nos muestra que la idolatría y la inmoralidad van ligadas. La prostitución era parte del culto a Baal, ya que para muchos Baal era el dios de la fertilidad. El culto a Baal prevaleció en Israel hasta el tiempo del cautiverio. En muchas ocasiones el nombre de Baal va asociado a algún pueblo, por ejemplo Baal-peor (Números 25:3), Baal-berit (Jueces 9:4), Baal-perazim (2 Samuel 5:20).
  • Astarot: era una deidad cananea, diosa de la fertilidad, el amor y la guerra. De acuerdo con la mitología cananea, era esposa de Baal; por lo que muchas veces son mencionados juntos (Jueces 2:13; 10:6; 1 Samuel 7:3-4). Siendo la diosa del amor no es de extrañar que el culto a Astarot incluía la prostitución. Astarot (o Astoret) vino a ser de mucho tropiezo para el pueblo de Israel, incluyendo al rey Salomón (1 Reyes 11:5). El rey Josías destruyó completamente todos los ídolos y la idolatría a estos dioses (2 Reyes 23:4-14).
  • Dioses de Sidón: los sidonios adoraban principalmente a Astoret (2 Reyes 23:13), pero también incluían a todos los demás dioses paganos de los cananeos.
  • Dioses de Moab: Quemos era el dios principal de Moab (Números 21:29). Debido a que Moab y Amón eran naciones hermanas (Génesis 19:37-38) se relacionaban mucho la una con la otra, sus dioses guardaban mucha similitud. Los cultos a ambos dioses se caracterizaban por el sacrificio de niños. Historiadores cuentan que en el culto a Quemos y Moloc se colocaban a los niños sobre una plancha caliente donde se sacrificaba y quemaba mientras las personas tocaban fuertemente los tambores para no escuchar los gritos del bebé.
  • Dioses de Amón: El dios nacional de los amonitas era Milcom (1 Reyes 11:5) que estaba muy asociado al dios Moloc, cuyo culto involucraba la adivinación, culto a los muertos y sacrificio de niños. En la ley había una prohibición explícita contra el culto a Moloc (Levítico 20:2-5).
  • Dioses de los Filisteos: Además de los demás dioses cananeos, los filisteos se identificaban particularmente con el dios Dagón (1 Samuel 5:2).
  • Dioses de Siria: los sirios también adorarían a todo el panteón cananeo de dioses. Es difícil poder identificar todos los dioses que estas naciones adoraban y muchas veces un dios era adoptado por otras naciones, quizás con una variación en el nombre o en el culto pagano. Es lamentable que el pueblo de Israel estuviese dispuesto a aceptar tantos dioses sabiendo que no debían tener ningún otro dios aparte de Jehová (Éxodo 20:3).

Al comienzo del libro de los jueces adoran a uno o dos dioses, ahora están adorando a todos los dioses posibles. Estaban cayendo más hondo en la idolatría que las mismas naciones paganas. A veces cristianos dicen para sí mismos: ‘yo nunca haría algo así’, haciendo referencia a alguna cosa mala que ven hacer a los que no son salvos. Sin embargo, la carne en nosotros es capaz de hacer cosas que ni siquiera nos imaginamos, si dejamos que nuestra vida sea conducida a satisfacer los deseos de la carne. Tenemos en nuestro corazón el potencial del mal que se describe en Gálatas 5:19-21

“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas”

No nos dejemos engañar por el pecado, haciéndonos creer que no seríamos capaces de hacer estas cosas. Estemos alerta, haciendo morir lo terrenal en nosotros.

Lo irónico de lo que estaba haciendo el pueblo de Israel es que, cuando ellos confiesan su pecado, Dios les dijo: “¿No habéis sido oprimidos de Egipto, de los amorreos, de los amonitas, de los filisteos, de los de Sidón, de Amalec y de Maón, y clamando a mí no os libré de sus manos?” (Jueces 10:11-12). En pocas palabras, en más de una ocasión Dios había demostrado ser superior a todos aquellos dioses que tenían las otras naciones, ya que Israel las había vencido en el nombre de Jehová.

Igualmente pasa con el creyente, no encontrando satisfacción en el pecado cuando no éramos salvos, acudiendo una y otra vez a los mismos vicios que dejaban amargura, dolor y vacío en nuestro corazón y luego que somos librados del poder del pecado y hechos libres para hacer la voluntad de Dios, volvamos a caer en estas cosas que ya sabemos que no satisfacen.

Por causa de la idolatría, Dios los entregó en mano de los filisteos y en mano de los hijos de Amón. ¡Los mismos enemigos a quienes habían buscado para adorar sus dioses son los que los están oprimiendo! Cuán astuto y engañoso es el pecado.

Estos enemigos oprimieron y quebrantaron a los hijos de Israel. ‘Oprimir’ quiere decir ‘moler’; ‘quebrantar’ quiere decir ‘romper en pedazos’. Esto describe lo que hicieron con Israel. No hay piedad ni misericordia de parte de los enemigos. Los atraen con sus dioses y luego los destruyen en su debilidad. Esto mismo hace el enemigo de nuestras almas: Satanás.

El Clamor del pueblo

Había sinceridad en el clamor del pueblo a Dios. Ellos confiesan y se convierten de su pecado. Ellos “quitaron de entre sí los dioses ajenos, y sirvieron a Jehová” (Jueces 10:16). Su acción era una evidencia de su corazón. Había un genuino arrepentimiento y eso los llevó a actuar de esa manera.

El Señor fue angustiado a causa de la aflicción de Israel. Esto no es angustia por preocupación; es angustia de tristeza. La ternura del corazón de Dios hacia su pueblo oprimido nos habla de su gracia y misericordia hacia su pueblo y, por consiguiente, hay una respuesta de parte de Dios para socorrer a Israel.

Jefté – el Libertador

En cada uno de los jueces podemos ver una figura del Señor Jesucristo.

Primero vemos al pueblo de Israel reunido buscando un líder. Les faltaba dirección, uno que fuera adelante para darles la victoria. La escena podría ser descrita con las palabras del del evangelista sobre el Señor Jesús, quien “al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9:36).

Así no pueden salir a la batalla contra el enemigo. La pregunta resuena en el campamento de los hijos de Israel: ¿Quién comenzará la batalla contra los hijos de Amón? ¿Quién podría tener las credenciales y la capacidad de conducir al pueblo a la victoria?

Aquí es introducido nuestro personaje central de esta historia: Jefté. Comienza mencionando de dónde era: galaadita. Era uno del pueblo (Jueces 10:8), de este mismo pueblo que estaba oprimido por los amonitas. El Señor vino a este mundo y habitó entre nosotros, “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo” (Hebreos 2:14).

Luego se menciona el carácter de Jefté: esforzado y valiente. Jefté no estaba sin hacer nada. Era un hombre útil y los demás del pueblo lo sabían. Cuando un grupo de hombres ociosos se junta con él, Jefté los hizo útiles, por lo tanto, salían con él. Jefté los hace útiles. Me hace pensar en el Señor y sus discípulos, si bien ellos no eran ociosos, fueron descritos por los sacerdotes como “hombres sin letras y del vulgo” (Hechos 4:13). Cristo los hizo tremendamente útiles para Dios con una misión importante que cumplir de llevar el evangelio de las buenas nuevas de salvación.

También era valiente. El secreto de su valentía consistía en su fe en Dios. No olvidemos que el nombre de Jefté se encuentra en el capítulo al que muchas veces nos referimos como el capítulo de los héroes de la fe: Hebreos 11. “¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté” (Hebreos 11:32). De ellos se dice que “por la fe” (v.33). Lucas dice que Jesús “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lucas 9:51). Conocía muy bien el Señor lo que le ocurriría en Jerusalén, iba a ser entregado en manos de pecadores, le iban a azotar, a escarnecer y a crucificar. Sin embargo, no retrocedió para cumplir la obra que el Padre le había dado para hacer. El escritor del himno dice:

Sí, su amor es verdadero,
nada lo podrá falsear.
Firme anduvo hasta el madero;
nunca pudo vacilar.
¡Gloria sea, gloria sea,
al que así nos supo amar!

Al igual que el Señor Jesucristo, Jefté fue rechazado por sus hermanos. Le dijeron no heredarás en la casa de nuestro padre. Las razones del rechazo eran muy diferentes: Jefté fue rechazado por ser hijo de un matrimonio ilegítimo, hijo de una mujer ramera, mientras que el Señor Jesús fue rechazado por su pureza, perfección y santidad. Del Señor dijeron: “Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí” (Marcos 3:21).

Ahora, el rechazo de Jefté se extendió más allá de sus hermanos de sangre, también fue rechazado por el pueblo (ver Jueces 11:7). Al Señor también rechazó la nación de Israel. Dijeron de Él: “¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano, y que tienes demonio?” (Juan 8:48).

Este Jefté al que habían rechazado, fue quien iba a ser su libertador. Me lleva a pensar en el testimonio de Pedro en cuanto al Señor Jesucristo:

“Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”
(Hechos 4:11-12)

La maravilla de la obra de Dios es que el rechazo a Jesús vino a ser la salvación para aquellas mismas personas que le despreciaron y crucificaron, y no solamente a ellos sino a todo el mundo, entre los cuales estamos nosotros. ¿Sigues rechazando al Salvador? ¿O has venido a Él por salvación?

Jefté regresó con los ancianos de Galaad y el pueblo lo eligió por su caudillo. ¡Cómo sería este regreso de aquel que había salido de su propia tierra despreciado y rechazado y ahora regresaba como el caudillo y líder de la nación! Una preciosa figura de nuestro Señor Jesucristo, quien fue rechazado en su primera venida: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos” (Isaías 53:3), y también “No queremos que este reine sobre nosotros” (Lucas 19:14). A Jesús rechazaron sacándole de la ciudad y colgándole en una cruz. Sin embargo, Dios lo ha vindicado, como dice: “a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36). Más aún, “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén” (Apocalipsis 1:7). Su regreso será glorioso, como Rey de reyes y Señor de señores, pondrá a todos sus enemigos por estrado de sus pies, establecerá su trono en Israel y reinará de mar a mar.

La Batalla

Nos llama la atención como Jefté se identifica con el pueblo que le rechazó. Él estaba lejos cuando se levantó Amón como enemigo y pusieron en línea de batalla. Parece que Jefté ya tenía mucho tiempo viviendo en tierra de Tob, al norte de Israel. Sin embargo, cuando Jefté envía mensaje a los hijos de Amón, les dijo: ¿Qué tienes tú conmigo, que has venido a mí para hacer guerra contra mi tierra? Se identificaba plenamente con el pueblo de Israel: “mí”, “mi tierra”.

La respuesta de los amonitas deja ver su astucia y engaño al manipular la información y torcer la verdad de la Palabra de Dios. Ellos hacen creer que Israel había robado una tierra que le pertenecía a ellos y la solicitud era que Israel la devolviera en paz, sin necesidad de hacer guerra. Muy hábil la forma de los amonitas querer adjudicarse territorio que no les pertenecía. Ellos se ponen en orden de batalla amenazándo a los israelitas. La amenaza es una forma común de obtener lo que uno quiere. Es carácterístico del diablo y una de sus estrategias muy usadas.

El conocimiento de Jefté sobre la historia de Israel es evidencia de su conocimiento de la Palabra de Dios. Los hechos que Jefté narra se encuentran en el libro de Números capítulos 20 y 21. Por medio de la palabra de Dios Jefté se dio cuenta rápidamente de tres cosas: 1) el territorio que los amonitas estaban reclamando no era de ellos, era territorio de los amorreos; 2) los amonitas no tuvieron ningún conflicto con el pueblo de Israel cuando iban camino de Egipto a Canaán, quienes estuvieron en el camino fueron Moab y Edom, y tampoco con ellos Israel tuvo conflicto, sino que se apartaron para evitar guerra con ellos; 3) Dios les había entregado el territorio de los amorreos y vencieron a Sehón, rey de los amorreos, para apoderarse de su territorio al otro lado del Jordán. No habían robado, habían conquistado y esto en el nombre de Dios.

Bien hacemos en escudriñar la Palabra de Dios para conocerla bien, ya que al enemigo le gusta manipular incluso la verdad para engañarnos y hacernos caer en su trampa. Lo vemos claramente en la tentación del Señor Jesucristo, cuando citó las Escrituras fuera de su contexto para incitar a Jesús a actuar en contra de la voluntad de Dios. Satanás le dijo: “escrito está: a sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra” (Mateo 4:6). La cita viene del Salmo 91:11-12 donde el contexto previo (“has puesto a Jehová, que es mi esperanza”) da a entender de uno que vive en plena confianza en Dios, no provocándole para que demuestre que puede protegerlo. Luego habla de guardarle de tres animales: el león, la serpiente y el dragón. ¿A quién se está refiriendo con estos animales? Los tres son usados para ilustrar la actividad de Satanás. Los ángeles mismos actuarían para guardar al Señor de las maquinaciones del diablo en sus constantes intentos de destruirle. El Señor Jesucristo no necesitaba una experiencia extraordinaria, ni tampoco tentar a Dios exponiéndose a un peligro innecesario para estar seguro de la protección de Dios. Además, el contexto no tiene nada que ver con lanzarse del pináculo del templo. Pero así es Satanás, usando la misma Biblia para engañar al ser humano. La mentira más efectiva es la que contiene un poco de verdad, de manera que la persona no sepa distinguir entre lo verdadero y lo falso.

Los amonitas no pudieron engañar a Jefté con su astucia porque Jefté estaba muy claro en cuanto a la palabra de Dios. ¿Qué de nosotros? Hoy día hay muchas enseñanzas que son muy cercanas a la verdad pero que contienen también algo de engaño. El apóstol Pedro advirtío sobre estos falsos maestros, diciendo: “habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras” (2 Pedro 2:1).

Estos falsos maestros tratan de justificar el pecado torciendo las Escrituras, haciendo creer que Dios aprueba cosas como la inmoralidad, el orgullo, el enojo, y que pueden ser toleradas. ¡Qué osadía! No es más que la estrategia del enemigo.

La manera más efectiva de contrarrestar a estos falsos maestros y de no dejarnos influenciar por sus falsas enseñanzas es conociendo muy bien la verdad de las Escrituras. Los tres autores que más tratan sobre este tema que son Pablo, Pedro y Judas, nos exhortan de la misma manera a fortalecer nuestras convicciones en la doctrina de la Palabra de Dios:

“Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”
(2 Timoteo 3:14-15)

“para que tengáis memoria de las palabras que antes han sido dichas por los santos profetas, y del mandamiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles”
(2 Pedro 3:2)

“me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos”
(Judas 1:3)

Era obvio que Jefté tenía razón, los argumentos del rey de Amón habían sido derribados de manera clara y contundente, así que el enemigo se prepara para atacar de otra manera. Jefté reúne a los del pueblo de Israel que están al otro lado del Jordán; Galaad y Manasés se unen al ejército. Galaad fue uno de los que no quiso involucrarse en la batalla contra Sísara (Jueces 5:17), sin embargo, ahora sale para defender la heredad que Dios les había dado.

El v.29 nos da la clave de la victoria: “el Espíritu de Jehová vino sobre Jefté”. Solo cuatro de los jueces se menciona esto: Otoniel (3:10), Gedeón (6:34), Jefté (11:29) y Sansón (13:25; 14:6); pero no hay duda que cada victoria obtenida en el libro de Jueces fue con la fuerza y poder del Espíritu Santo, ya que no hay otra manera de poder obtener la victoria.

El apóstol Pablo escribe en Romanos capítulo 7 sobre la batalla contra su carne. Tratando de luchar en su propia fuerza siempre quedaba derrotado, “pues no hato lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (Romanos 7:16). El capítulo 8 de Romanos nos da el secreto de la victoria: “si por el Espíritu hacéis morrir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13).

Dios dio una gran victoria para el pueblo de Israel:“y Jehová los entregó en su mano” (v.32).

Un voto apresurado

Cuando salía a la batalla Jefté hizo un voto apresurado y equivocado: “Si entregares a los amonitas en mis manos, cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme, cuando regrese victorioso de los amonitas, será de Jehová, y lo ofreceré en holocausto”  (vv.30-31). ¿Quién estaba esperando Jefté que saliera a recibirle? Tenía una sola hija y nada más se dice del resto de la familia. Dios no le había pedido ningún holocausto, bien pudo  acercarse al tabernáculo y ofrecer ofrendas de paz a Dios.

Recordamos otra historia donde también un hombre hizo un voto apresurado y puso en peligro la vida de su propio hijo, se trata del rey Saúl (1 Samuel 14:44-45). Si no es porque el pueblo intercedió por Jonatán, Saúl hubiese sido capaz de dar muerte a su propio hijo por solamente tomar un poco de miel en la batalla. Por eso nos advierte Salomón en cuanto a los votos: “Lazo es al hombre hacer apresuradamente voto de consagración, Y después de hacerlo, reflexionar” (Proverbios 20:25).

Muchos se preguntan si realmente Jefté sacrificó a su propia hija. Hay dos puntos de vistas con respecto a este tema.

Hay quienes consideran que efectivamente Jefté ofreció a su hija en holocausto conforme a las costumbres idolátricas que prevalecían en las naciones de Canaán. En este caso, Dios no estaba de acuerdo de ninguna manera con estas prácticas y claramente la condena en la ley de Moisés (Deuteronomio 12:31). Sin embargo, Jefté tampoco consulta al Señor para saber si debe o no llevar a cabo su voto, sino que había dado su palabra y él siente la responsabilidad de cumplirla.

El otro punto de vista sugiere que la idea de ofrecer a Dios es más en una vida de consagración, y al hacer referencia a que nunca tuvo hijos (v.39) esto también implicaba el celibato.

Miguel Mosquera

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