En el Antiguo Testamento nos damos cuenta de que el Espíritu Santo venía sobre personas en momentos específicos y de manera temporal. Encontramos casos como Sansón, donde el Espíritu Santo vino en varias ocasiones sobre él (Jueces 14:6, 19; 15:14); también a Saúl (1 Samuel 10:10; 11:6). Más adelante, las Escrituras nos señalan explícitamente que el Espíritu de Dios se apartó de él (1 Samuel 16:14). Esto no es así en el caso de los creyentes en la Iglesia. El Nuevo Testamento nos enseña que la manera de obrar del Espíritu Santo en el tiempo de la gracia es diferente.
Quiero considerar dos aspectos importantes para dar respuesta a esta pregunta:
La Promesa del Espíritu Santo a la Iglesia
La noche antes de ir a la cruz, estando en el aposento alto, el Señor Jesucristo le habló a sus discípulos de que era necesario que Él se fuera. El Señor iría a la cruz y resucitaría al tercer día, luego Él regresaría al Padre (16:28). Este no sería el fin para los discípulos, sino que todo era parte del plan de Dios. Luego el Señor les dice: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Juan 14:16-17). Esto se cumplió el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo vino (Hechos 2:1-2).
Lo más importante aquí es: ¿quién pidió el Espíritu Santo para que viniera? La respuesta es: el Señor Jesucristo. Él dijo: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador”. Justo antes de ascender al cielo, el Señor “les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre” (Hechos 1:5). Ni siquiera en Pentecostés los discípulos tuvieron que pedir a Dios que enviara al Espíritu Santo. Ya el Señor Jesús había rogado al Padre y los discípulos solamente tenían que esperar el cumplimiento de la promesa. La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés es algo que ocurrió una sola vez, en cumplimiento de las Escrituras (Hechos 2:16-17) y en respuesta al ruego del Señor.
La Permanencia del Espíritu Santo en el creyente
El Nuevo Testamento nos enseña en más de una ocasión que todo verdadero creyente recibe el Espíritu Santo al momento de creer. Hay versículos que son muy claros en cuanto a esto, como Juan 7:39 – “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él”; Efesios 1:13 – “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa”; o también Romanos 8:9 – “si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Estos versículos nos enseñan que cuando una persona es salva Dios lo sella con el Espíritu Santo y el Espíritu Santo viene a morar permanentemente en el creyente, sin que requiera la intervención de la persona o sin que la persona lo pida a Dios. Esto es una obra divina completamente. Además, el creyente puede tener la plena seguridad de que el Espíritu Santo nunca se va a apartar de él, como lo dijo el Señor Jesucristo sobre el “Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Juan 14:16). Así que no hay temor de que el Espíritu Santo se vaya a ir por algo que hayamos hecho, y luego tengamos que volver a pedir al Espíritu Santo para que regrese.
De manera que no es bíblico estar pidiendo a Dios para que envíe al Espíritu Santo. Si necesitamos fortaleza para nuestra vida cristiana o poder del Señor para llevar a cabo la misión de predicar el evangelio y llevar las nuevas de salvación a otros lugares, lo que necesitamos no es pedir al Espíritu Santo, sino ser llenos del Espíritu Santo (Efesios 5:18), esto es lo que nos dará el impulso y la capacidad para vivir para Dios.
Ahora, pasemos a considerar las palabras del Señor Jesucristo en Lucas capítulo 11
¿Por qué el Señor dijo en Lucas 11:13 – “cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan”?
Ya hemos observado que ni los discípulos tuvieron que pedir al Espíritu Santo para que viniera el día de Pentecostés, ni una persona tiene que pedir el Espíritu Santo porque éste viene a morar en todo creyente desde el momento de su conversión.
Sabemos que el Señor Jesucristo no va a contradecir otras partes de las Escrituras. Por lo que es más razonable concluir que no se trata de la Persona del Espíritu Santo, sino más bien del Poder del Espíritu Santo a lo que el Señor se refiere.
El comentarista William McDonald dice:
“Es ciertamente apropiado y necesario orar por el Espíritu Santo en otras maneras. Debemos orar para que seamos enseñados por el Espíritu Santo, para que seamos guiados por el Espíritu Santo y para que su poder sea derramado en nosotros en todo nuestro servicio para Cristo”.
Esto está en consonancia con el pasaje paralelo a este en Mateo 7:11, donde dice: “cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan”. De manera, que no está hablando de la Persona del Espíritu Santo, sino de los recursos que vienen por medio de Él.
(Ver más sobre la Doctrina del Espíritu Santo)
Miguel Mosquera
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