Llegamos al cuarto ciclo del pueblo de Israel cayendo en pecado y Dios los entregó a los madianitas por siete años. Aparte de la historia de Sansón, Gedeón es una de las descripciones más amplias acerca del juez libertador, ya que abarca los capítulos 6, 7 y 8.
Gedeón nos enseña la tremenda lección de que Dios puede usar cualquier instrumento para llevar a cabo su obra. Gedeón pensaba que no era capaz, luego se dio cuenta de que su ejército era demasiado pequeño en comparación con la multitud del ejército enemigo. Ninguna de estas cosas era una limitante, por el contrario, Dios le enseñó a Gedeón (y la lección es para nosotros también) de lo que Él puede hacer a través de un hombre dispuesto a obedecer su Palabra. Esta historia es una clara ilustración de lo dicho por el apóstol – “lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1 Corintios 1:27-28).
El enemigo - Madián
Se nos describen tres enemigos en esta ocasión: madianitas, amalecitas y los hijos de oriente. En las historias de los primeros tres jueces vemos ilustrados a los tres enemigos del creyente: el diablo, el mundo y la carne.
En la historia de Gedeón encontramos a tres enemigos actuando juntos en contra del pueblo de Dios. En esta historia nos damos cuenta de que los tres enemigos: el diablo, el mundo y la carne, no actúan de manera aislada, sino que trabajan juntos en contra del creyente para hacerle caer, para mantenerle oprimido y sin ninguna utilidad para Dios. Santiago en su carta también nos presenta estos tres enemigos del creyente actuando simultáneamente – “¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites [aquí está la carne] ¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios [aquí está el mundo]… Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros [aquí está el diablo]” (Santiago 4:1-4,7)
Los madianitas eran descendientes de Abraham y Cetura (Génesis 25:1-6). Nos dice Génesis que Abraham dio dones a sus hijos y los envió lejos de Isaac, a la tierra oriental. De allí que los madianitas los vemos asociados con “los hijos de oriente” en la historia de Gedeón. Los madianitas los vemos causando una y otra vez tropiezo a los hijos de Israel incitándoles a la inmoralidad e idolatría. Fueron madianitas quienes llevaron a José a Egipto (Génesis 38:36), luego se asociaron con los moabitas para maldecir a Israel (Números 22:7) y para incitarlos a la idolatría e inmoralidad (Números 25:14-18), por lo que Dios ordenó a Moisés hacer venganza contra los madianitas. Este enemigo que había sido derrotado venía a oprimir al pueblo de Israel. La lección para nosotros es esta: hay enemigos que pensamos haber vencido y que, después de un tiempo, se levantan contra nosotros para oprimirnos y derrotarnos, cuando descuidamos nuestra comunión con el Señor.
El nombre Madián significa “conflicto” y ¡cuánto daño hace el conflicto entre el pueblo del Señor! Tengamos cuidado de no ser promotores de conflictos entre los hermanos. Dijo el sabio Salomón: “Seis cosas aborrece Jehová…El testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos” (Proverbios 6:16,19).
Junto a los madianitas se unieron los amalecitas, descendientes de Esaú (Génesis 36:12), quienes atacaron a Israel en más de una ocasión. Su estrategia era atacar de manera sorpresiva, cuando había un descuido: lo hizo con el pueblo de Israel (Deuteronomio 25:17-18) y con el ejército de David (1 Samuel 30:1-2). El enemigo siempre está al acecho para aprovechar cualquier descuido en nuestra vida espiritual y así lanzar su ataque para hacernos daño.
No se nos da mucho detalle en cuanto al tercer enemigo, solamente que eran “los hijos de oriente”. Eran tribus nómadas que se juntaban para robar lo que el pueblo de Israel cosechaba.
La acción de estos tres enemigos se hace evidente en la nación, por lo que “empobrecía Israel en gran manera por causa de Madián” (Jueces 6:6). No era que había hambre, sino que el pueblo sembraba, trabajaba la tierra y cosechaba, pero no llegaba a disfrutar del fruto de aquella tierra que Dios les había dado. El enemigo “no dejaban qué comer a Israel, ni ovejas, ni bueyes, ni asnos” (v.4), se lo llevaban todo.
El enemigo del creyente no puede quitar la salvación al que es un verdadero redimido, pero sí le puede estorbar en su vida cristiana y hacer que no disfrute de las bendiciones celestiales que Dios ha provisto para el hijo de Dios. Todo creyente ha sido bendecido “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3). Sin embargo, cuando desobedecemos la voluntad de Dios, contristamos al Espíritu y dejamos de disfrutar de esas riquezas espirituales que tenemos en Cristo. Eso es lo que a veces hace que creyentes están sin deseo de leer la Palabra de Dios, sin ningún ánimo por servir al Señor, su fuente de adoración está seca y su espíritu apagado. Esto es lo que nos ilustra el pueblo de Israel en tiempos de Gedeón: no tenían qué comer (el alimento de la Palabra de Dios), ni ovejas y bueyes (usados para el sacrificio y la adoración a Dios), ni asnos (símbolo del trabajo y el servicio).
La opresión del enemigo hace que el pueblo de Israel clame a Dios. Uno tiene que preguntarse: ¿por qué es necesario ser oprimido por el enemigo para que el pueblo despierte a su necesidad de Dios? ¿No debía la oración ser parte de la vida del pueblo de Dios? Lo mismo ocurre con el creyente. ¡Cuán fácil es descuidar la oración en nuestras vidas y solamente acordarnos de ella cuando estamos pasando por momentos de dificultad.
Dios tenía ya preparado su instrumento que usaría para llevar a Israel a la victoria, pero primero les tiene que reprender por medio de un profeta para hacerles ver su pecado.
El llamado de Gedeón
En el v.11 leemos que “vino el ángel de Jehová”. Quizás a primera vista pensemos que se trata de un ángel enviado por Dios para dar la misión a Gedeón. Sin embargo, un estudio cuidadoso del Antiguo Testamento sobre el Ángel de Jehová nos llevará a una conclusión diferente. Casi en cada historia donde encontramos el Ángel de Jehová vamos a notar que se trata del mismo Dios. Notemos algunas menciones al Ángel de Jehová:
- Génesis 16:7-14 – El Ángel de Jehová se le apareció a Agar y habló con ella, y en el v.13 dice: “Entonces llamó el nombre de Jehová que con ella hablaba: Tú eres Dios que ve”. Agar se refiere al Ángel de Jehová como Jehová y Dios.
- Génesis 22:15-18 – El Ángel de Jehová se refiere a sí mismo como Jehová (v.16) y dice a Abraham: “no me has rehusado tu hijo”, implicando que es Jehová mismo hablando.
- Génesis 31:11-13 – El Ángel de Dios se le aparece a Jacob en sueños y le dice: “Yo soy el Dios de Bet-el”, refiriéndose a sí mismo como Dios.
- Éxodo 3:2-4 – Se ve nuevamente que el Ángel de Jehová es el mismo Jehová.
- Éxodo 13:21 – Cuando Israel iba por el desierto una columna de nube les guiaba por el camino, y este versículo menciona que era Dios quien iba en esa columna de nube guiándoles. En el capítulo siguiente se menciona que era el Ángel de Jehová (Éxodo 14:19).
- Jueces 6:11,22-24 – Quien le apareció a Gedeón fue el Ángel de Jehová, y Gedeón dice: “Ah, Señor Jehová, que he visto al ángel de Jehová cara a cara. Pero Jehová le dijo: Paz a ti; no tengas temor, no morirás”. El temor de Gedeón venía que había visto a Dios, por eso llamó el lugar “Jehová-Salom”, que significa, Jehová es paz.
- Jueces 13:17-23 – Fue el Ángel de Jehová quien le apareció a Manoa y a su mujer, y cuando le pregunta por su nombre le dice: “¿Por qué me preguntas por mi nombre, que es admirable?” Allí está usando un nombre divino (Isaías 9:6). Más adelante, cuando Manoa se da cuenta que era el Ángel de Jehová, dice: “Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto”.
Estas referencias nos hacen ver que cuando se habla del Ángel de Jehová se está refiriendo a Dios mismo. Esto de ninguna manera significa que Dios sea un ángel, ni tampoco que todas las referencias a un ángel se deben atribuir a Dios, sino solamente cuando se usa el nombre ‘Ángel de Jehová’; el mismo contexto nos va a ayudar a entender a quien se refiere
Dado a que se refiere a Dios, entonces nos preguntamos: ¿es el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo quien se manifiesta? Descartamos que sea el Padre por lo que dice Juan 1:18 – “A Dios nadie le vio jamás” y luego “Dios es Espíritu” (Juan 4:24). El Espíritu Santo no es tampoco ya que Él también es Espíritu, y por lo tanto invisible. El Hijo es Dios manifestado en carne (1 Timoteo 3:16) y también “el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18). Antes de su venida a este mundo el Hijo se manifestó de manera visible a ciertas personas y cuando la Biblia lo narra usa el término ‘Ángel de Jehová’. Es lo que llamaríamos una teofanía, una manifestación visible de Dios.
El ángel de Jehová se sentó bajo la encina que está en Ofra. En el v.12 dice que el ángel de Jehová se le apareció. Me da a entender que primero estaba presente pero invisible. El Ángel de Jehová estaba observando a Gedeón y a la vez protegiéndolo de los madianitas que estaban buscando el trigo. Esta es la razón por la cual cuando habla a Gedeón lo primero que le dice es: Jehová está contigo. Gedeón no se había dado cuenta, así como muchas veces nosotros no nos damos cuenta de la presencia de Dios con nosotros para animarnos y ayudarnos. Él está allí.
Consideremos ahora el que recibe el mensaje: Gedeón. El ángel de Jehová le dice que es “esforzado y valiente” (v.12):
- Esforzado: alguien esforzado es uno que tiene el deseo de hacer las cosas, aunque le cuesten trabajo. Al menos podemos ver tres razones por las cuales Gedeón era un varón esforzado:
- Estaba trabajando. Otros en Israel se escondieron por temor a los madianitas (v.2), mientras que Gedeón se ocupó en algo
- Estaba usando el lagar. El lagar no era para el trigo, pero Gedeón estaba dispuesto a usar lo que estaba a su alcance para producir alimento para él y su familia. No estaba buscando excusas, sino que buscaba la manera de sobreponerse a los obstáculos.
- Trillar en un lagar sería una tarea enormemente laboriosa. Esta sería, probablemente la principal razón por la que Dios dijo de Gedeón que era un varón esforzado. Normalmente se hacía en campo abierto para que el viento que se llevara la paja. Para Gedeón la tarea sería muy manual, requiriendo mucho esfuerzo y produciendo poco alimento. A pesar de las dificultades Gedeón estaba dispuesto a hacerlo.
Gedeón estaba decidido a no seguir alimentando al enemigo y por eso lo escondió. Que aprendamos la lección: esforcémonos en obtener el alimento espiritual y dejemos de alimentar el enemigo; de esa manera, seremos más fuertes y el enemigo más débil.
Además, el mismo acto de sacudir o trillar el trigo tiene lecciones que darnos. Es necesario separar la paja (o el tamo) que abarca mucho espacio, pero no sirve ni alimenta. Gedeón estaba interesado en lo que podía nutrirlo, no en la paja. ¡Cuán necesario es que en nuestra vida aprendamos a trillar nuestro alimento espiritual! Debemos separar lo que es malo e inservible para nuestra vida espiritual y aprovechar lo que realmente tiene valor y provecho en nuestra relación con Dios. Nos dejamos llevar por muchas cosas triviales que ocupan mucho espacio, pero que no nos sirven espiritualmente ni tampoco nos alimentan. Las redes sociales tienden mucho a ocupar toda nuestra vida y en lo espiritual nos dejan débiles, porque no nos ayudan.
- Valiente: es extraño esta descripción de Gedeón ya que más adelante lo vemos dudar en varias ocasiones y Dios tiene que confirmarle una y otra vez para que confíe que tendrá la victoria. Gedeón no es que era humilde, sino que se subestimaba a sí mismo. Dios veía en Gedeón el potencial necesario para guiar al pueblo a la victoria sobre el enemigo, mientras que a Gedeón le faltaba confianza en Dios.
Leemos de estos dos términos, valiente y esforzado, describiendo también a Josué (Josué 1:9), Jefté (Jueces 11:1) y Jeroboam (1 Reyes 11:28). De acuerdo con el diccionario alguien valiente es “Capaz de acometer una empresa arriesgada a pesar del peligro y el posible temor que suscita”. Uno esforzado puede ser alguien que “Está en disposición de poder hacerlo”. Dios ve en Gedeón el potencial de uno que puede hacer grandes cosas para Dios. No se trataba de los méritos de Gedeón, sino que Dios estaba con él (v.12). - Su perspectiva era muy equivocada sobre lo que estaba ocurriendo. Él pregunta: “Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas que nuestros padres nos han contado…? Y ahora Jehová nos ha desamparado”. Parece que no estaba presente cuando el varón profeta habló al pueblo de Israel y, por lo tanto, ignoraba el mensaje de Dios y tampoco se había dado cuenta del pecado que estaba pasando en su propia casa, donde había un altar a Baal y Asera (v.25). Su pregunta es un poco irónica.
La atención de Gedeón estaba puesta en sí mismo. Hace cuatro referencias a sí mismo en las pocas palabras que dice: “¿con qué salvaré YO a Israel? He aquí que MI familia es pobre en Manasés, y YO el menor en la casa de MI padre”. Muchas veces perdemos de vista el poder de Dios en nuestras vidas. La confianza propia es negativa desde cualquier punto en que la veamos. Unos confían en sí mismos y los lleva a la caída, como Pedro cuando negó al Señor. Otros confían en sí mismos y esto les impide llevar a cabo la obra para la cual Dios los está llamando. No seamos negligentes en el llamado del Señor, pongamos los ojos en Jesús confiando que si es Él quien nos ordena, también nos dará la fuerza y la ayuda necesaria para llevar a cabo la tarea que nos pide.
Además, Gedeón se considera a sí mismo como una familia pobre en Manasés y el menor de la casa de su padre. ¿Realmente era de una familia pobre? Veamos lo que tenía la familia de Gedeón:
- Se dice de ellos que tenían algo de trigo (vv.11,19), cuando nadie en Israel tenía trigo
- Tenían un cabrito (v.19), cuando nadie en Israel tenía ovejas
- Tenían dos toros (v.25)
- Tenían al menos diez criados (v.27)
La familia de Gedeón no era pobre en ninguna manera. Pudiera ser que Gedeón se refería a que su familia era débil. Sin embargo, en Israel muchas veces la posición económica daba cierta influencia entre el pueblo. Se evidencia también que Joás era un hombre cuya palabra y presencia era respetada (vv.31-32).
Dios le vuelve a confirmar: “Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre” (v.16). La clave estaba en la presencia de Dios con él, no estaba solo.
Para servir al Señor es necesario tener un corazón humilde. La arrogancia y altivez son contrarias a un siervo de Dios, sin embargo, hay que ser cuidadoso que la humildad no sea un tropiezo en nuestro servicio o que podamos confundirnos entre la falta de confianza en Dios y la humildad.
Para este momento Gedeón no sabe con quién realmente está hablando, sin embargo, está dispuesto a traer algo para ofrecer al Mensajero. La palabra ‘ofrenda’ es la misma palabra usada para los sacrificios de levítico, se trataba de una ofrenda voluntaria a Dios. Aunque no lo sabía con certeza, Gedeón tenía el presentimiento de que Dios era quien estaba hablando con él, así que trajo ofrenda a Dios. La manera en que lo trajo mostraba ignorancia de cómo debía ofrecerse la ofrenda, pero Dios es paciente con él. En medio de tanta necesidad dentro del pueblo de Israel nos llama la atención que Gedeón traiga un cabrito y un efa de harina. ¡Esto sería una fortuna en esos tiempos de escasez! Gedeón estaba dispuesto a darlo para Dios aunque fuera costoso para él (2 Samuel 24:24).
El Ángel de Jehová le manda a colocar todo sobre una peña y hace salir fuego de la peña que consumió la carne y los panes sin levadura. El Ángel desaparece de su vista. Con esto Gedeón se convence que con quien ha estado hablando ha sido con Dios mismo.
La convicción de que es Dios mismo da temor a Gedeón, sin embargo, Dios le da paz al decirle: “Paz a ti; no tengas temor, no morirás” (v.23). Los israelitas estaban conscientes de que estar en la presencia directa de Dios implicaba la muerte (Éxodo 19:24; el lugar santísimo, donde estaba la presencia de Dios, estaba prohibida la entrada; Manoa – Jueces 13:21-22; Isaías – Isaías 6:5).
Dios le da paz y confianza a Gedeón, lo que le lleva a edificar un altar a Jehová y le llama: Jehová-Salom, que quiere decir, Jehová es paz. Una escena similar encontramos al final de los evangelios cuando, después de la muerte de Jesús, los discípulos están escondidos, temerosos de lo que les pueda pasar a ellos, cuando el Señor resucitado se les aparece y apacigua todos sus temores y pensamientos negativos al decirles: “Paz a vosotros” (Lucas 24:36). El apóstol Pablo también anima a los creyentes en Filipos al escribirles: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:7). En un mundo de temores e incertidumbres que el Señor guarde nuestros pensamientos y nuestros corazones en paz y serenidad.
La primera instrucción de Dios
Entre los versículos 25 al 32 encontramos la primera instrucción de Dios a Gedeón y la reacción del pueblo a lo que él hizo.
Antes de siquiera pensar en ir a la batalla había que limpiar la idolatría de la misma casa del padre de Gedeón. La casa de Joás se había convertido en un centro idolátrico para Baal y Asera. Para poder obtener la victoria sobre el enemigo afuera, es necesario vencer primero al enemigo adentro. No podía haber victoria mientras hubiese desobediencia (ver también Josué 7 en el caso del pecado de Acán).
Destruir estas imágenes sería costoso para Gedeón y su familia (un toro), y produciría una reacción negativa entre el pueblo. Gedeón tenía que mantenerse firme con su convicción. El costo de la consagración es alto y Gedeón estaba dispuesto a pagarlo.
Ya Gedeón había levantado un altar y ofrecido sacrificio, ahora tenía que ofrecer otro sacrificio. La adoración a Dios estaba activada, aunque es muy claro que Dios no compartirá la adoración que solamente corresponde a Él con otros dioses falsos, así que había que destruir los altares de Baal y Asera.
¡Qué mejor lugar que juzgar la idolatría en nuestras vidas que en el mismo altar del sacrificio, la cruz del Calvario! El segundo toro es una figura de Cristo, ya que Cristo es visto como el “segundo hombre” (1 Corintios 15:47). Este toro era de siete años, Israel había estado oprimida por siete años. Desde el mismo comienzo de su opresión la solución estaba al alcance, pero la condición espiritual de Israel no les permitía darse cuenta de ello.
Bien pudiéramos pensar que Gedeón era cobarde por hacerlo de noche, pero al menos estaba dispuesto a hacerlo. Es posible que, si lo hubiese hecho de día, los hombres de la ciudad ni siquiera le hubieran dejado terminar el trabajo, de manera que fue sabio de parte de Gedeón hacerlo de noche. Al final, los habitantes de la ciudad se enterarían al ver el resultado al día siguiente.
La reacción del pueblo idólatra fue fuerte. Demandaban la muerte de Gedeón. Tal era su apego por los ídolos, sin darse cuenta de que las imágenes habían sido quemadas con el mismo fuego del sacrificio. La adoración a estas imágenes era algo ridículo. Ellas no tenían ningún poder para librarlos; no se habían librado a sí mismas y tampoco les habían librado a ellos estos siete años.
El padre de Gedeón sale en su defensa. Su argumento es claro y convincente: “Si es un dios, contienda por sí mismo con el que derribó su altar” (v.31). Esta acción le trajo a Gedeón el sobrenombre de ‘Jerobaal’, que quiere decir ‘que Baal contienda’.
El resultado de la obediencia a Dios es que el Espíritu de Jehová vino sobre Gedeón. ¡Qué importante es seguir a uno que ha sido llamado por Dios y en quien el Espíritu de Dios reposa! En cap. 9 el pueblo sigue a Abimelec, uno que se levanta en su propia carne y trae conflicto y decadencia espiritual en el pueblo.
El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento venía sobre algunos en momentos específicos y con propósitos específicos. Solamente en el libro de Jueces leemos de Otoniel (Jueces 3:10), Gedeón (6:34); Jefté (11:29) y Sansón (13:25; 14:6,19; 15:14). Esto es diferente a los creyentes en el Nuevo Testamento donde el Espíritu Santo ahora mora permanentemente en el creyente (Juan 7:39; 14:17; 1 Corintios 6:19).
La confirmación para Gedeón
El conocer la voluntad de Dios ha sido para muchos algo difícil de discernir. Y es que hay ocasiones en que no vemos con claridad la voluntad de Dios, quizás por falta de ejercicio en la oración, o tal vez nuestra flaqueza espiritual parece nublar el camino por el que debemos seguir.
Esto lleva a algunos a utilizar la experiencia de Gedeón para determinar la dirección en la cual el Señor les pueda estar guiando. Este método de buscar dirección tiene dos problemas:
- El vellón fue usado para confirmación no para dirección. Gedeón tenía instrucciones muy claras en cuanto a lo que debía hacer. Él tan solo requería estar seguro de que Dios iba con él. Algunos piden alguna “señal” a Dios buscando dirección sobre lo que deben hacer: “Si el muchacho se me acerca y me saluda, es porque es la voluntad de Dios que me case con él”. Esto es buscar dirección, y la voluntad de Dios no debe discernirse con este tipo de “señales”.
- Gedeón solicitó una prueba sobrenatural. El vellón mojado en tierra seca y el vellón seco en tierra mojada era algo sobrenatural que solamente Dios podía producirlo. Algunos buscan la voluntad de Dios bajo circunstancias completamente normales: “si consigo una casa en venta es porque Dios quiere que me mude a otro lugar”. Esto no debe ser tomado como una muestra de la dirección del Señor en nuestras vidas, y lo que nos va a llevar es a una serie de confusiones sobre la voluntad de Dios.
La voluntad de Dios está principalmente revelada en su Palabra. A medida que estudiamos, aprendemos y ponemos en práctica los principios divinos en nuestras vidas, tendremos mejor discernimiento para saber cuál es la voluntad de Dios en los demás aspectos de nuestra vida. Recordemos que Dios está muy interesado en que nosotros sepamos cuál es su voluntad y Él sabrá como hacérnosla saber en su momento. Algunos principios que nos son útiles:
- Guiarnos por lo que Dios claramente dice en su Palabra. Dios dice: “la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación” (1 Tesalonicenses 4:3). Así que Dios no le guiará a ‘juntarse’ con alguien o vivir en concubinato, ya que Él tiene en mucho valor el matrimonio. También dice: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos” (2 Corintios 6:14), así que Dios no le guiará a casarse con uno que no es cristiano.
- Buscar consejo. El sabio Salomón dijo: “en la multitud de consejeros hay seguridad” (Proverbios 11:14). Hay personas con más experiencia en las cosas de Dios que le pueden dar consejo espiritual sobre alguna decisión importante.
- Ser paciente. Apresurarnos a tomar una decisión puede traer consecuencias de por vida y desastrosas. Hombres como José y David tuvieron que aprender a esperar antes de que Dios cumpliera el propósito que tenía con ellos. La paciencia es una virtud que Dios quiere que aprendamos.
- No dejarnos llevar solamente por las circunstancias. David tenía circunstancias a su favor que parecían indicarle que era el momento para dar muerte a Saúl (1 Samuel 26:7-11). David sabía que la Palabra de Dios tenía precedencia sobre las circunstancias.
Volviendo a nuestra historia, nos damos cuenta de la paciencia de Dios con este hombre lleno de dudas e inseguridad. Dios no se enoja con este hombre Gedeón cuya fe es tan flaca y débil. Más bien, está dispuesto a animarle y confirmarle ante la tarea que tiene por delante. ¡Cuántas veces también nuestra fe es flaca y débil y Dios obra con nosotros con paciencia y compasión para cumplir su propósito en nosotros!
Un ejército muy numeroso
Dios llevó a Gedeón y su ejército a la fuente de Harod para probarlos. Esta era una fuente que quedaba a unos 3 kilómetros al sureste de Jezreel, posiblemente la misma fuente mencionada en 1 Samuel 29:1. Harod significa “miedo” o “terror”. Era el lugar apropiado para todos los temerosos regresarse. Mejor un pequeño ejército de valientes que una multitud de cobardes.
Dios no quería que el pueblo sintiera que su propia fuerza los había salvado: “no sea que se alabe Israel contra mí, diciendo: mi mano me ha salvado” (7:2). El apóstol Pablo nos enseña que “lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1 Corintios 1:28-29).
La primera prueba era bastante sencilla: “quien tema y se estremezca, madrugue y devuélvase desde el monte de Galaad”. No era necesario hacer de ellos un espectáculo, ni burlarse, por lo tanto, podían madrugar e irse. No serían ridiculizados ni humillados. Esto por dos razones: primero, que era una decisión voluntaria y, segundo, que una batalla de fe no podía ser peleadas por incrédulos. El servicio al Señor debe ser algo voluntario, no una imposición o una obligación donde vayamos en contra de nuestra propia voluntad. Uno que no está convencido plenamente en su corazón en cuanto a su confianza en Dios será un estorbo en la obra del Señor en lugar de ser de ayuda.
Se regresaron del pueblo veintidós mil, y quedaron diez mil. Esto debió ser un golpe al corazón de Gedeón, pero Dios sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
La segunda prueba tiene que ser junto a las aguas. Dios es quien escoge y quien envía: “del que yo te diga: vaya éste contigo, irá contigo; mas de cualquiera que yo te diga: éste no vaya contigo, el tal no irá” (v.4). De igual manera en la obra del Señor es Él quien escoge y envía. El Señor enseñó: “Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mateo 9:38). Dios nos dé el discernimiento para saber a quienes el Señor ha enviado.
La prueba consistía en la manera en que tomaban el agua. Los que se inclinaban hasta el suelo para tomar el agua no estaban aptos para el servicio. Ellos no estaban alertas del peligro. Era tiempo de guerra, y se mostraban confiados sin considerar que el enemigo está al acecho. Los cobardes no son aptos para la batalla, los confiados tampoco. Es necesario estar alerta.
El Nuevo Testamento nos exhorta a vivir alertas, conscientes de los peligros que tenemos a nuestro alrededor. Efesios 6 nos dice que debemos tomar “toda la armadura de Dios”. En 1 Tesalonicenses 5:6-7 se nos enseña a que no durmamos, sino que seamos sobrios. El Señor enseñó a sus discípulos, en Getsemaní, “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41). Dice también Romanos 13:11-14
“Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”
Es lo que tenían que hacer los soldados de Gedeón para estar listos para la batalla. No debían estar confiados como si nada estuviera pasando alrededor, como si el enemigo no fuera peligroso, como si ningún ataque estuviera por venir. La gran mayoría del ejército de Gedeón estaba ignorante del peligro mientras se inclinaban completamente al suelo para tomar el agua.
Una vez más, Dios es compasivo con Gedeón y le confirma nuevamente que tendrá la victoria por medio del sueño de un madianita. El ejército se redujo de 22,000 hombres a solamente 300. El ejército de los madianitas se extendía en el valle; eran innumerables como la arena que está a la ribera del mar en multitud. No importa cuán numeroso o poderoso sea el enemigo, Dios estaba con Gedeón y su ejército y les daría la victoria. Escuchar la conversación del enemigo le llenaría de ánimo y disposición a cumplir la misión que Dios le había dado. Esta fue una confirmación final. Gedeón estaba decidido a ir a la batalla contra el enemigo.
La batalla
Aquellos 300 hombres se dividieron en tres escuadrones. Cada uno llevaría una antorcha, un cántaro vacío y una trompeta (Jueces 7:16). Esta batalla de Gedeón nos ilustra la predicación pública del evangelio. Los tres elementos tienen un significado muy precioso para nosotros. Aquellos cántaros eran instrumentos muy sencillos y hasta insignificantes. No sería el tipo de arma que alguien llevaría para enfrentar una batalla. Nos hace pensar en los instrumentos que Dios puede usar para llevar a cabo la obra de la predicación del evangelio. El apóstol Pablo dijo a los corintios: “no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles” (1 Corintios 1:26). Un sencillo pescador de Galilea como Pedro o un cobrador de impuestos como Mateo salieron dependiendo no de sus habilidades, sino del poder de Dios que podía obrar por medio de ellos. Los cántaros tenían que estar vacíos, lo que nos ilustra los creyentes que se han vaciado de sí mismos para ser usados para honrar el nombre del Señor. El orgullo y la autoconfianza llenan la vasija y la hacen inútiles para que Dios la use. Esto es lo que Dios ha estado haciendo con su ‘vasija’ Gedeón, vaciándolo de todo lo que pueda estorbar y que solamente Dios reciba la gloria por la victoria. Es bueno recordar en este punto las palabras de Gedeón cuando el Ángel de Jehová se le apareció: “¿con qué salvaré yo a Israel?” Necesita vaciarse de esa confianza propia, porque no es por sus méritos, armas, ejército o habilidad que tendrían la victoria. Bien expresa el salmista:
“El rey no se salva por la multitud del ejército, Ni escapa el valiente por la mucha fuerza. Vano para salvarse es el caballo; La grandeza de su fuerza a nadie podrá librar. He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, Sobre los que esperan en su misericordia, Para librar sus almas de la muerte, Y para darles vida en tiempo de hambre. Nuestra alma espera a Jehová; Nuestra ayuda y nuestro escudo es él. Por tanto, en él se alegrará nuestro corazón, Porque en su santo nombre hemos confiado. Sea tu misericordia, oh Jehová, sobre nosotros, Según esperamos en ti”
(Salmo 33:16-22)
Podemos tomar la luz de la antorcha como ilustración de tres cosas: (1) La Palabra de Dios, que en varias ocasiones en las Escrituras es ilustrada por la luz – “Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). (2) El evangelio también es ilustrado por medio de la luz – “en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Corintios 4:4). (3) El testimonio del creyente. El Señor dijo del creyente: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14) y leemos en Efesios 5:8 que “ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz”.
Los cántaros deben ser quebrados para dejar que la luz resplandezca. Así como el frasco de alabastro debía ser quebrado para dejar salir el olor del perfume (Marcos 14:3). Estas vasijas las encontramos en 2 Corintios 4:7 – “tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros”. Así es necesario que nuestra carne, nuestro yo; esa confianza propia que es natural en el ser humano sea quebrantada para dejar la luz resplandecer. En ocasiones Dios permite pruebas como las que se describen en 2 Corintios 4:8-9 para quebrantar esa confianza propia y dejar la luz salir – “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Corintios 4:6).
Las trompetas son figura de la predicación pública del evangelio. Cuando Dios habló a Ezequiel para profetizar al pueblo de Israel y advertirles del juicio que venía por causa de su pecado utilizó la ilustración de un atalaya para describir la labor de Ezequiel:
“Cuando trajere yo espada sobre la tierra, y el pueblo de la tierra tomare un hombre de su territorio y lo pusiere por atalaya, y él viere venir la espada sobre la tierra, y tocare trompeta y avisare al pueblo, cualquiera que oyere el sonido de la trompeta y no se apercibiere, y viniendo la espada lo hiriere, su sangre será sobre su cabeza”
(Ezequiel 33:2-4)
El sonido de la trompeta sería una advertencia de que el juicio era inminente. El atalaya tenía la responsabilidad de sonar la trompeta y quedaba de parte del oyente si se refugiaba o no. De la misma manera es en la predicación del evangelio, es nuestra responsabilidad como cristianos de hacer sonar la trompeta del evangelio, bien sea en la predicación pública del mensaje o compartiendo de la Palabra individualmente. Estamos sonando la trompeta de que el juicio es inminente y hay que refugiarse en el Señor Jesucristo por salvación. Queda de la persona si se apercibe y cree este mensaje o si lo ignora y lleva su castigo, pero nosotros habremos advertido al pecador.
Un factor importante en las instrucciones de Gedeón al pueblo lo encontramos en Jueces 7:17 – “Y les dijo: Miradme a mí, y haced como hago yo; he aquí que cuando yo llegue al extremo del campamento, haréis vosotros como hago yo”. Aquí hay una preciosa figura del hijo de Dios imitando a Cristo en todo aspecto de su vida. Cristo dijo a sus discípulos: “ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:15). Pablo enseñó a los corintios: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1) y Pedro escribió en su carta: “porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1 Pedro 2:21). Nuestro modelo a seguir es el Señor Jesucristo; debemos imitarle, seguir en todo momento sus pisadas.
Para poder obedecer esta instrucción de Gedeón, los soldados debían tener en todo momento la mirada puesta en é, con el fin de hacer los mismos movimientos, sonar la trompeta en el momento correcto, quebrar las vasijas junto con Gedeón y actuar todos uniformemente. Como cristianos debemos tener la mirada puesta en todo momento en nuestro Señor Jesucristo. Si todos actuamos con Él y le seguimos siempre en nuestra vida estaremos viviendo en unidad y de manera uniforme conforme al carácter y el modelo de nuestro Señor Jesucristo.
El conflicto después de la batalla
Dios había dado una gran victoria por medio de Gedeón, aunque vemos que para Gedeón no era el fin del conflicto. Tres situaciones se presentaron después de la batalla.
Primero, algunas personas de la tribu de Efraín se llenaron de celos por no haber sido incluidos en el llamado a la batalla, “y le reconvinieron fuertemente” (Jueces 8:1). Estos hombres lo que buscaban era reconocimiento; estaban actuando neciamente. Esta situación tenía el potencial de convertirse en una nueva guerra, ahora entre la misma descendencia de Israel, entre hermanos. Gedeón fue muy hábil para manejar la situación y evitar un problema mayor.
Los de Efraín estaban buscando reconocimiento y fue lo que Gedeón les dio, al decirles que lo que ellos habían hecho era incluso mayor que lo que él había hecho: “Dios ha entregado en vuestras manos a Oreb y a Zeeb, príncipes de Madián; ¿y qué he podido yo hacer comparado con vosotros? Entonces el enojo de ellos contra él se aplacó” (Jueces 8:3). Bien dijo el sabio Salomón que “La blanda respuesta quita la ira” (Proverbios 15:1). Muchas veces estamos más interesados por vindicar nuestra posición o que nadie nos quite el reconocimiento y cuando somos criticados no tomamos una posición humilde, sino que añadimos al conflicto para poder quedar bien frente a los demás. Aprendamos la lección de Gedeón, quien no le importó que los de Efraín quedaran como los héroes con tal de quitar toda posibilidad de un conflicto adicional.
La segunda situación que se presentó vino a manera de tentación para Gedeón. Después de esta gran victoria, “los israelitas vinieron a Gedeón: Sé nuestro señor, tú y tu hijo, y tu nieto” (Jueces 8:22). ¡Qué oportunidad tan tentadora! No solamente estaba logrando una posición de reconocimiento y fama para sí mismo, sino que también era en beneficio de su descendencia: su hijo y su nieto. Al fin y al cabo, no había demostrado Gedeón ser un gran líder para unificar a la nación en un momento muy difícil. Uno podría pensar que, si alguien era adecuado para reinar sobre Israel, ese sería Gedeón.
Pero había un problema; un gran problema. Gedeón sabía que quien reinaba sobre Israel era Dios. Tomar el señorío y el reino sería tomar el lugar de Dios, y esto era muy grave. “No seré señor sobre vosotros, ni mi hijo os señoreará: Jehová señoreará sobre vosotros” (Jueces 8:23). Tengamos mucho cuidado en buscar reconocimiento para nosotros. Busquemos siempre la gloria para Dios.
A pesar de haber manejado muy bien las primeras dos situaciones, cayó en la tercera. Esto nos recuerda lo que dijo el apóstol Pablo: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12). En esta ocasión, la tentación vino por las riquezas que habían obtenido de los madianitas, a quienes habían conquistado. Los madianitas usaban muchas joyas y Gedeón pidió “los zarcillos de su botín… Y Gedeón hizo de ellos un efod… y todo Israel se prostituyó tras de ese efod en aquel lugar; y fue tropezadero a Gedeón y a su casa” (Jueces 8:24,27). Con todo lo que había sufrido el pueblo por dejar a Dios y adorar otros ídolos y ahora Gedeón ¡estaba regresando al pueblo a la idolatría!
Quizás Gedeón pensó que ese efod no era tan peligroso como los otros ídolos que habían tenido. Nada más lejos de la realidad. Por muy pequeño que sea un ídolo, siempre tiene el potencial de causar mucho daño a la persona y también al pueblo entero.
Que estas lecciones nos sirvan en nuestra vida espiritual, aprendiendo de las fortalezas de Gedeón así como de sus dudas y fallas.
Miguel Mosquera
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