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Cántico de Débora y Barac

El cántico de Débora es una expresión de alabanza a Dios por la victoria obtenida sobre el enemigo Jabín y su capitán Sísara. En este cántico Débora nos da más detalles relacionados con la batalla. En el capítulo 4 tenemos el escenario donde se desarrolló la batalla y en el capítulo 5 Débora nos lleva detrás del telón para mostrarnos lo que estaba ocurriendo detrás de bastidores.

Todo esto puede servirnos como ilustración de lo que es la obra del Señor. La obra del Señor es como una batalla, somos soldados en una lucha constante contra el enemigo. Nuestra lucha no es física “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).

Así que, podemos dividir este cántico en cinco partes:

  • La Alabanza a Dios por sus maravillas (vv.1-5)
  • La Decadencia en Israel (vv.6-8)
  • El Ánimo de los valientes (vv.1-15a)
  • La Apatía de los cobardes (vv.15b-23)
  • La Astucia de Jael (vv.24-27)
  • Los Aliados de Dios (vv.28-31)

La Alabanza a Dios por sus maravillas

Lo primero que hace Débora es alabar a Dios por la victoria que habían obtenido. Fueron ellos quienes salieron contra el enemigo y habían peleado, pero Débora reconoce que tanto la iniciativa de lucha como la victoria que obtuvieron fue producto del poder de Dios y Él era digno de recibir la honra.

Es importante que nosotros también aprendamos esta lección y actuemos basado en esta verdad: Dios debe ser quien recibe la honra y gloria por todo lo que hacemos. Es cierto que nosotros evangelizamos, compartimos el evangelio, invitamos personas para escuchar de Jesús y muchas otras actividades que involucran la obra del Señor, sin embargo, Él es quien debe tener la honra en todo lo que hacemos. Es su obra; nos ha salvado, nos ha capacitado, nos ha enviado a su servicio, va con nosotros para ayudarnos y es quien produce el fruto espiritual de nuestra labor, de manera que no tenemos nada de qué jactarnos. Dios es quien debe llevar siempre la gloria. ¿Personas están asistiendo a escuchar la Palabra? Que Dios reciba la gloria ¿Son salvos por la fe en Jesús? Que Dios reciba la gloria. ¿Hay crecimiento en aquellos que son salvos? Que Dios reciba la gloria. ¿Creyentes están sirviendo al Señor y viven consagrados a Él? Que Dios reciba la gloria. Dios debe ser quien siempre reciba la gloria en el servicio al Señor.

Esta fue la manera en que el Señor Jesucristo actuó cuando estaba aquí en la tierra. Cristo estaba haciendo los milagros más portentosos que jamás se hubiesen visto y con una frecuencia nunca antes vista. Pero al hacer sus milagros no estaba buscando la alabanza o la atención de las personas (como muchas veces nosotros hacemos mirando a todos lados para ver si alguien nos estaba mirando hacer lo que hicimos); Cristo dirigía la atención y la alabanza a Dios. Un ejemplo de esto lo observamos cuando sanó aquel paralítico traído por cuatro amigos – “todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa” (Marcos 2:12). La gloria fue para Dios.

Muy diferente es lo que vemos en la reacción de las personas cuando David mató al gigante Goliat. No es que David haya tenido la culpa de lo que las personas dijeron, pero las mujeres cuando el ejército regresaba de la batalla no dieron la gloria a Dios, sino que atribuyeron toda la atención hacia David, cantando: “Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles” (1 Samuel 18:7). Esto trajo como consecuencia una rivalidad prolongada entre Saúl y David. De haber atribuido la victoria a Dios, no habría ocurrido esto (además de que Dios era quien realmente le había dado la victoria a David).

Aprendamos que la gloria siempre debe ser para Dios.

La Decadencia en Israel

“En los días de Samgar hijo de Anat, En los días de Jael, quedaron abandonados los caminos, y los que andaban por las sendas se apartaban por senderos torcidos. Las aldeas quedaron abandonadas en Israel, habían decaído” (Jueces 5:6-7). Esta es la descripción de los tiempos cuando vivieron Débora y Barac.

Históricamente, la razón era porque el enemigo había atacado las aldeas y había tomado los caminos. Espiritualmente, observamos que el pueblo de Israel se había apartado del camino de la voluntad de Dios. El enemigo siempre va a forzar al creyente a andar por caminos torcidos.

El sabio Salomón quiere estimular a su hijo para que tema a Jehová. Le dice:

“Él provee de sana sabiduría a los rectos; Es escudo a los que caminan rectamente. Es el que guarda las veredas del juicio, Y preserva el camino de sus santos. Entonces entenderás justicia, juicio Y equidad, y todo buen camino”
(Proverbios 2:7-9).

En contraste está el hombre que habla perversidades:

“Que dejan los caminos derechos, Para andar por sendas tenebrosas; Que se alegran haciendo el mal, Que se huelgan en las perversidades del vicio; Cuyas veredas son torcidas, Y torcidos sus caminos”
(Proverbios 2:13-15)

Cuidémonos de no dejarnos influenciar por aquellos que hacen la obra del enemigo, que nos desvían de la voluntad de Dios incitándonos al pecado o arrastrándonos con falsa doctrina y, luego, amedrentándonos espiritualmente.

El Ánimo de los valientes

El pueblo no parecía estar preparado para la guerra. No había escudo o lanza; las probabilidades eran muy pocas. Bien pudo haber dicho cualquiera que la causa estaba perdida.

Débora no se dejó desanimar por estas condiciones tan tristes. “Hasta que yo Débora me levanté, me levanté como madre en Israel” (v.7). Ella no estaba buscando liderazgo en Israel. Más bien la idea de una madre va dirigida al cuidado, consejo y conducir al que lo necesita. Israel necesitaba cuidado espiritual, consejo de la Palabra de Dios y ser conducidos a la obediencia a Dios. Ella tomó la iniciativa y luego otros se unieron.

El primero en unirse fue Barac: “Levántate, Barac, y lleva tus cautivos, hijo de Abinoam” (v.12). Luego se fueron uniendo otros: “El resto de los nobles”. Finalmente, el resto del pueblo marchó hasta formar un ejército: “El pueblo de Jehová marchó por Él en contra de los poderosos” (v.13).

En esta sección también pertenecen los versículos 18-19 – “El pueblo de Zabulón expuso su vida a la muerte, y Neftalí en las alturas del campo”. Estaban marchando con convicción, dispuestos a sacrificarse a sí mismos por la causa de Dios. Si es necesario poner la vida, seguirán adelante; saben que la vale la pena.

Este es el mismo espíritu que vemos en el Señor Jesucristo. Nunca retrocedió y fue obediente a la voluntad de Dios aunque comprendía muy bien que esto implicaba darse a sí mismo en sacrificio por nuestros pecados. El apóstol Pablo lo dice de esta manera: “estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8).

En la obra del Señor también hay que avanzar con convicción. Esto implica sacrificio, bien sea de tiempo, esfuerzo, comodidad, de mis propios intereses o incluso de nuestra propia vida. Al hacer esto no estamos haciendo otra cosa más que imitar el ejemplo del Señor, seguir las pisadas que Él ya trazó. Cuando el Señor nos pide darlo todo, es porque Él mismo lo dio todo por nosotros en la cruz.

Jaime Elliot, quien fue misionero entre tribus indígenas en Ecuador, dijo: “No es tonto perder lo que no se puede retener, por ganar lo que jamás se puede perder”. Jaime fue asesinado por indígenas de la tribu Auca cuando trataba de acercarse a ellos para compartirles el evangelio de Jesús.

La Apatía de los cobardes

A pesar del despertar y el gran avivamiento en los tiempos de Débora, no todos estaban dispuestos a involucrarse en la batalla. Se mencionan al menos cinco grupos que no participaron en la guerra:

  • Rubén – Muchas intenciones, poca convicción. “Entre las familias de Rubén hubo grandes resoluciones del corazón” (vv.15-16). Al parecer la tribu de Rubén dijo que quería ir, pero nunca se presentó para ayudar. Como Rubén hay muchos que dicen mucho y nunca hacen. Tienen las intenciones, muchas veces les gusta opinar, son elocuentes en decir lo que hay que hacer, pero a la hora de la verdad no se involucran en la batalla, no se involucran en la obra del Señor.
    Es semejante a la parábola que el Señor acerca del hombre que dijo a su hijo para que trabajara en su viña: “y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue” (Mateo 21:30). Tenía la intención, pero no la convicción.
    El Señor Jesucristo nunca actuó de esta manera. Dios le dio la obra más grande y costosa para hacer, y Él se mantuvo firme hasta completarla.
  • Galaad – Muchas excusas, poco entusiasmo. “Galaad se quedó al otro lado del Jordán” (v.17). Galaad era una tribu que había quedado al otro lado del Jordán. Ellos tendrían una excusa fácil para no tener que ir: estaban demasiado lejos. Para ellos sería mucho esfuerzo tener que llegar tan lejos para ayudar en la batalla, y no estaban dispuestos a ese nivel de sacrificio.
    ¡Cuántos hay en la obra del Señor que saben poner excusas para no tener que ayudar! No hay tiempo, mucho trabajo, no tengo recursos, no puedo, no es el tipo de trabajo que me agrada, muy lejos, etc. Son muchas las excusas cuando se trata de hacer algo.
    Cristo nunca puso excusas para hacer la obra de Dios. Incluso la distancia más grande la recorrió para venir a este mundo y hacer la voluntad de Dios y ofrecerse a sí mismo por nuestros pecados.
  • Dan – Mucho trabajo, poco tiempo. “Y Dan, ¿por qué se estuvo junto a las naves?” (v.17). No era que Dan no estaba haciendo nada, estaban junto a las naves, estaban muy ocupados trabajando. Con tanto que hacer, ¿en qué momento iban a poder acercarse al lugar de la batalla para luchar contra el enemigo? Era una excusa. Se quedaron ocupados y no se involucraron.
    El trabajo es algo legítimo y es posible que muchas veces se pueda entender que no es posible participar en alguna actividad de la iglesia por tener que trabajar. Sin embargo, muchas veces nos acostumbramos (y con toda intención dejamos) que el trabajo siempre se interponga para estorbarnos en participar en la obra del Señor. Y cuando podemos, nos comprometemos con otro trabajo para no tener que ayudar en la iglesia. La mayoría de las veces la realidad es que estamos demasiado ocupados y no hemos apartado tiempo para ocuparnos en las cosas del Señor y hacer tesoros en el cielo.
    Bien podemos decir que el Señor Jesús fue un hombre trabajador y muy ocupado. Por muchos años fue el carpintero en Nazaret, responsable, esforzado y todos daban buen testimonio de Él. Cuando comenzó su ministerio público, dice el evangelista Lucas que “en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre” (Lucas 4:16). El trabajo o cansancio nunca fue un estorbo para no ocuparse en los “negocios de su Padre”.
  • Aser – Mucho ocio, pocas ganas. “Se mantuvo Aser a la ribera del mar, y se quedó en sus puertos” (v.17). La tribu de Aser tampoco se unió al ejército de Israel. Estaban en la playa, a la ribera del mar. ¿Quién dejaría el disfrute y la tranquilidad de la playa por ir a arriesgar su vida en una batalla?
    El ocio muchas veces también nos impide involucrarnos en la obra del Señor. Uno pensaría que con mucho tiempo disponible, la persona ociosa puede ayudar, pero es todo lo contrario. La obra del Señor implica trabajo, esfuerzo y sacrificio. El que está acostumbrado al ocio no se inclina por estas cosas, y prefiere quedarse donde está, entretenido en cualquier cosa. El celular, las redes sociales, el internet son todas herramientas muy útiles, pero que también sirven para envolver y ocupar a la persona en actividades que no dan ningún fruto, además que les estorban en aquello que sí tiene valor eterno.
    Nuestro Señor nunca estaba ocioso o perdiendo el tiempo. Dijo: “Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura” (Juan 9:4). Su ministerio fue corto, aunque el tiempo muy bien aprovechado.
  • Meroz – Mucha comodidad, poco compromiso. “Maldecid a Meroz, dijo el ángel de Jehová; maldecid severamente a sus moradores, porque no vinieron al socorro de Jehová” (v.23). No sabemos mucho sobre Meroz, solamente que su nombre significa “construido de cedros”. Este es un tipo de construcción muy costoso, lo cual puede indicar que era una región muy próspera, con casas muy lujosas. La gente de Meroz no parece haber sido afectada por el hambre que reinaba en el resto de la nación por causa del enemigo. Al no verse afectados, ¿por qué acudir a la batalla para derrotar al enemigo? Fueron muy indolentes con lo que el resto del pueblo estaba sufriendo. Cerraron su corazón al dolor ajeno.
    El Señor Jesucristo, “al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mateo 9:36-38). Había mucha necesidad, multitudes que estaban perdidas en sus pecados. “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Romanos 12:11).

 La Astucia de Jael

Una mujer fue usada por Dios para derrotar al fuerte capitán Sísara. Nadie pensaría que ella sería el instrumento, una mujer del hogar ocupada en las cosas cotidianas de la casa.

Jael fue una mujer con discernimiento. Llegó Sísara huyendo, esto indicaba que había sido derrotado en la batalla. Antes que Sísara pudiera huir completamente y reunir otro ejército que siguiera oprimiendo a Israel, Jael tomó la decisión de terminar con el enemigo.

Jael actuó con astucia. Al darle leche, Sísara se relajaría y quedaría profundamente dormido.

Jael usó lo que tenía a la mano. Normalmente el trabajo de levantar una tienda era de las mujeres. Bien sabía Jael usar el mazo y la estaca, las dos juntas darían el golpe mortal al enemigo. Se necesitaban ambas cosas. El martillo es figura de la Palabra de Dios, mientras que la estaca es figura de la fe. Ambas cosas son necesarias.

Los aliados de Dios

Débora dedica unas palabras más para describir al pueblo enemigo a la espera de su ejército. Ellos pensaron que siempre ganarían, creyeron que eran invencibles. Se quedaron confiando en la mentira, en algo falso. Sísara nunca regresaría.

Estar entre los enemigos de Dios es una derrota segura, no importa cuánto dura la sensación de seguridad y superioridad.

Este cántico termina con palabras de alabanza a aquellos que se unen a la causa de Dios: “Mas los que te aman, sean como el sol cuando sale en su fuerza” (v.31). El enemigo quiere hacer creer al creyente que siempre será derrotado y no habrá oportunidad para la victoria. En Cristo somos más que vencedores. Recordemos que “lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Corintios 1:25).

Alcen la bandera, hermanos,
de la cruz, y caminad.
De victoria en victoria
siempre firmes avanzad.

Cuando estemos en gloria,
en presencia de nuestro Redentor,
a una voz la historia
diremos del gran Vencedor.

Miguel Mosquera

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